El pensamiento, el raciocinio, es para muchos la característica que nos diferencia de los animales. La capacidad de tener unas memorias, una planificación para el futuro, una habilidad casi mágica de imaginar escenarios o situaciones… son rasgos que hacen del ser humano una especie un tanto peculiar. «Pienso, luego existo» termina por concluir Descartes después de un ejercicio asombroso de negación de toda realidad y existencia; llega entonces Descartes al núcleo mismo de la existencia, el pensamiento.
Pereza y pensamiento
Pensar, requiere un ejercicio intelectual. Que en algunos casos es tanto o más penoso que el ejercicio físico. Esto en parte se debe a que en ocasiones el raciocinio nos lleva a terrenos de la existencia que realmente incomodan a cualquiera. De forma natural el común de los hombres tiende a huir de ello, no es cómodo plantearse según que cosas. Esta tendencia natural a la pereza, al abandono, unida a la cantidad de estímulos que a día de hoy bloquean nuestra capacidad de pensamiento (como son las redes sociales y los medios audiovisuales), logran que cada vez más, el cerebro humano tenga menos ganas de razonar.
Cuando hablo de pensamiento y razonamiento, me refiero a aquel que es trascendental, que trata sobre temas más elevados. No el pensamiento cotidiano sobre que desayuno hoy o que haré el fin de semana. Un ejercicio de la razón transcendental es aquel que va más allá de uno mismo o de la experiencia sobre uno mismo, para buscar las verdades fundamentales del ser. Esto es la filosofía.
Para mí, la filosofía es la búsqueda de la verdad; el proceso de buscarla, que no quiere decir esto que lleguemos a ella… pues ¿qué es la verdad? (quizás te suene el famoso «Quid est Veritas?» de Poncio Pilato).
Muchas preguntas…
… Y pocas respuestas ciertas. Esto es lo que nos depara el pensamiento. Pero es lo verdaderamente enriquecedor del mismo. El camino y la tormenta que nos acercan al acantilado de la razón. ¿Qué somos? ¿Cuál es el significado de «ser»? ¿Por qué algo es bueno? ¿Es posible que no exista la realidad?
Créeme, como toda actividad que genera adrenalina, asomarse a las preguntas que provocan verdadero vértigo también genera una adicción, que impulsa a no detenerse, a continuar elaborando ideas y leyendo a pensadores. Se equivocan aquellos que quieren tratar al cerebro humano como un mero conjunto biológicamente programado. Nuestra capacidad para preguntar es una de las mayores maravillas que tenemos.

El comienzo, stop the rock
El pensamiento comienza en uno mismo. Y este empezar requiere pararse. Haz la prueba en la siguiente ocasión que tengas que esperar, no saques el teléfono, no busques un entretenimiento. Después, simplemente deja que tu cerebro se aburra, que comience a pensar, aliméntalo con preguntas que no se haya hecho nunca. No pensamos porque no nos detenemos. Como resultado no razonamos porque no paramos de consumir estímulos que tienen enganchado a nuestro cerebro, necesitamos chutes de dopamina.
Para comenzar en el camino del pensamiento es necesario detenerse, y eso, a día de hoy, es mucho pedirle a una sociedad que no sabe frenar el ritmo frenético…