Que para pensar hay que parar puede llegar a ser una evidencia, pero la realidad es que pocos toman conciencia de ello y logran detenerse. En la sociedad y en los tiempos que nos caracterizan, detenerse y ser contemplativo requiere de un esfuerzo. Y esto es así porque generalmente se tiene un dispositivo en el bolsillo capaz de aportar cualquier tipo de entretenimiento, no hay lugar para aburrirse. Somos una sociedad absorbida por las pantallas, solo tiene uno que montarse en un vagón de metro y observar, es raro ver a alguien sin auriculares o sin un teléfono en las manos.
La sociedad del rendimiento
Denominada así por el filósofo Byung-Chul Han, es un grito contra la hiperproductividad que nos esclaviza. La vida nos parece corta, pero porque no la vivimos plenamente. El presente nos empuja a un futuro que aún no ha llegado; es más, no sabemos si llegará.
Haz memoria de cuándo estuviste seguro de tu propósito, cuántos días se desarrollaron como los habías programado, cuándo dispusiste de ti mismo, cuándo permaneció tu rostro inmutable y tu ánimo indemne, qué has hecho en tan largo tiempo, cuántos saquearon tu vida sin que sintieras la pérdida, cuánto se llevó el dolor vano, la alegría estúpida, el ávido deseo, los cumplidos, y qué poco ha quedado de lo tuyo. Comprenderás que mueres antes de tiempo.
Séneca – De la brevedad de la vida
En la línea de Byung-Chul Han, ha escrito también Cal Newport. Y parece ser esta una corriente en auge, en parte porque puede que la sociedad se empiece a dar cuenta de que hacer mucho quizás no sea vivir.
Consecuencia de este despertar que menciono, puede ser también el incremento de gente que procura meditar o hacer desintoxicaciones tecnológicas (diarias o frecuentes). Pero el número aún es bajo, el común de los mortales vive atrapado en la adicción que genera la dopamina, sobreexcitada por reels, estados, tick tock y demás contenido breve y estimulante.
Stop the rock
Tenemos pues dos factores que hacen difícil detenerse a pensar. Por un lado los ritmos frenéticos sociales y laborales; y por otro el ocio inútil de las redes sociales y allegados. Exigirle a una sociedad así un esfuerzo intelectual es mucho pedir. Podríamos decir que es imposible.
La actividad intelectual requiere parar, encontrarse consigo mismo. Esto puede llega a asustar a más de uno. Y por otra parte requiere una base, una formación; esto es, un esfuerzo por aprender. Comprender una pintura, o entender una ópera, requiere por parte del espectador un mínimo de cultura que ha tenido que adquirir. De igual forma, comprender un texto filosófico requiere de un esfuerzo previo. Y a día de hoy, en una sociedad que es incapaz de escribir y prefiere mandar audios, es una barrera enorme.
Queda un factor más, quizás uno haya decidido bajarse de este expreso que se dirige al abismo, (me recuerda esto a la troika que representa a Rusia en Los hermanos Karamazov de Dostoievski). Pero apearse no es tan fácil, todo está en contra. Los círculos sociales y laborales van a seguir empujando, quizás incluso el familiar (cuántas parejas son incapaces de hablar entre ellas, a solas…). En definitiva, malos tiempos para el pensador.

Parar, desconectar, pensar
Queda la esperanza y el ánimo de pensar en la recompensa. Nadar en contra de esta corriente, bajarse de esta troika desbocada, tiene como recompensa el tomar las riendas de la propia vida, de la propia razón. Podríamos decir que además de ser se ejerce “el ser”. Y no sabría en qué categoría colocar este artículo, porque es transversal tanto a la filosofía como para el arte, la necesidad de la contemplación es inherente a todas ellas.
Vale la pena tomarse la vida minuto a minuto, sin pensar en lo que vendrá y disfrutando el momento. Apartándose del teléfono, de las notificaciones y del ruido digital. Respirar y pensar, preguntarse, buscar respuestas. Hay que despertar, llevamos décadas dormidos como sociedad, sumergidos en la mediocridad de considerar ocio ver una serie y de encumbrar como arte cualquier bazofia; de tragarse sin masticar el primer sofismo político que se escucha en prensa, de reducir nuestra existencia a una búsqueda perpetua de una felicidad material, olvidando ser felices aquí y ahora.